Llevo dos noches y doce horas sin dormir. Estoy agotado, exhausto. Me hallo en una sala de embarque del aeropuerto Adolfo Suárez-Barajas, de Madrid, y mi destino no sé si está en Nueva York o Moscú. “No será Pekín?”, me pía Pepito Grillo, que dice estar más espabilado que yo. “Anda Pepitín, déjame echar una cabezadita, que la necesito”. ¿Me quedo o no me quedo? Es que si me duermo soy capaz de perder el vuelo hacia las estrellas y no, por ahí sí que no paso. Será mejor que me acerque a las pistas para dar una vuelta entre los aviones ver así si me despejo un poco. Me han dicho que tengo tiempo, que no me preocupe, que me avisarán en el momento oportuno. Así que me levanto del asiento, pido permiso para abrir puertas y bajar a pistas de aterrizaje; me dicen que puedo ir a donde quiera, que si deseo igualmente dar un paseo por las de despegue, no me crearán ningún problema. Pepito Grillo me dice que no me deja solo, que me acompaña. “¿Pero no soy una persona libre, capullín , y ...
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