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HORA BRUJA / SE FUGA DEL MUSEO DEL PRADO Y APARECE EN BIESCAS



Parecía la figura escapada de un lienzo de El Greco, en el Museo del Prado, pero no llevaba vestido de santo, ni gozaba de compañía piadosa. Se estaba poniendo un atardecer sobrecogedor a la salida de Biescas direccion Gavin, en una cuesta camino de la montaña. Su silueta estirada contrastaba especialmente ante el reflejo del sol. En un alarde de facultades físicas reforzadas por mi curiosidad innata, pronto di alcance a este extraño que miraba al cielo, observaba el vuelo de los buitres, de las diversas especies de pájaros, la agilidad de las ardillas, escuchaba los conciertos de unas aves difíciles y hasta misteriosas. Alto, muy delgado, perilla con aire quijotesco, habían pasado... no se, demasiados años desde que le vi por ultima vez. El se llama Perico, y cuando me di cuenta de su identidad, sentí una alegría muy especial. Me contó que trabajaba como director técnico en una sociedad científica dedicada al estudio de la naturaleza, que acababa de llegar del Amazonas brasileño donde había vivido los quince años anteriores, que allí, en el país suramericano se encontraba en el Paraíso. Tanto es así y sentiase tan a gusto con sus investigaciones sobre el terreno, que se enamoro fuertemente de una nativa con la que tenia tres hijos. Allí se encontraba muy feliz con su familia, y sin embargo quería como nadie a su pueblo de España y a sus gentes, y les echaba de menos, por lo que su corazón estaba partido. Su destino era inamovible, pero el amor a su tierra chica lo sentia tan fuerte y lo transmitía de tal manera a los suyos, que hijos y mujer no paraban de rogarle a fin de hacer un viaje para cruzar el océano. El suyo era en ese momento un estado esencialmente hermoso.
Cuando nos reconocimos nos dimos el mas fuerte e intenso de los abrazos. “Soy el hombre mas afortunado del mundo. Hace tres horas que he llegado a Biescas, nos hemos alojado en el hotel y como había algo de cansancio tras el largo viaje, he dejado a Sonia con nuestros mulatitos a descansar un poco, y he aprovechado para recuperar el tiempo perdido y contemplar el ocaso del sol en Arratiecho. Sigue siendo tan cautivador como cuando me fui. Y aquí quiero estar por lo menos dos meses, a fin de disfrutar de mi tierra, la de mis mayores, la de mis mejores amigos. Gabino, suerte la mía de que hayas sido la primera persona que me pondrá al corriente de la actualidad de este entorno. Venga, otro abrazo, amigo“.
El sol ya se había puesto a esas horas como cuando éramos niños, los ladridos de los perros seguían escuchandose desde las casetas de los huertos como cuando éramos niños, y los murciélagos sobrevolaban mas bajo bajo a esas horas, como cuando éramos niños. Cuando éramos niños, el mundo se movía entre la picardía y la inocencia, pero era todo mas sencillo. “Cuando íbamos a robar fruta comíamos tanta ciruela, tanta manzana, tanta pera, que luego nos entraban unas descomposiciones...“, me dice Perico para añadir a continuación que “siempre nos sorprendían y ¡vaya broncas que nos echaba el abuelo!“. Las carcajadas comenzaban a ser continuas, y no sé por qué, cuando se juntan a hablar del pasado y a mentir con sus falsas memorias dos hombres, siempre salen a relucir las conquistas femeninas. “Perico -le digo- que como saquemos este tema, te voy a decir que eras el mayor golferas de la panda, que ligabas mogollón“. El otro ataja con rapidez y habilidad¿ “Gabino, Gabinin, que a lo largo de todos años sin vernos después de nuestra niñez, aun me acuerdo con frecuencia y te nombro a los compañeros brasileños a quienes cuento tu hazaña en la piscina con la holandesa aquella. ¡Lo que nos hemos reído a tu costa¡ Y eso que han pasado ya cuarenta años“. Como no me puedo callar, al sentirme aludido preciso que para una vez que logré aproximarme en aquellos tiempos a una chica, éramos tiernos y enloquecimos de tal manera que el primer beso condujo a la caída de la parte superior del biquini, justamente cuando éramos presa de los improperios de una señora que poco después reconoció que se había pasado con nosotros, que no era para tanto entre dos inocentones que apenas sabíamos de la vida. No, lo dicho, que me querian acusar de pecador y lo suyo era cochina envidia. El caso es que en aquella misma jornada se entero todo el pueblo, que hasta el cura vino a casa a echarme la bronca ("cochina envidia, seguía pensando un servidor") Y los mayores de la casa haciéndome rezar el Rosario con su correspondietes letanias durante una semana para evitar las “malas“ y añado que “buenas“ tentaciones. Pues ya no cuento más de mi vida privada, que para colmo, Jimena. que de vez en cuando mira por encima de mi hombro cuando escribo, me llama golfo con todo el retintineo del que ella es capaz, aunque también me hace reír“.
El caso es que la noche se ha echado encima y de repente Perico se ha dado cuenta que ha dejado a su mujer y los niños en el hotel desde hace un poco mas de dos horas,sin conocer a nadie. Mi amigo se pone a temblar, y lo único que se le ocurre comentar es “la mala milk que se le pone a Sonia cuando lleva cincuenta minutos sin mi. Así que por ahora, Gabino, quedas contratado de guardaespaldas. Mi respuesta? “Te acompaño a que que me presentes a tu mujer y a tus mulatitos, que también tengo muchas ganas de conocerles. Eso si, debes prometerme que lo de la holandesa no lo vas a decir más, que si me nombras como protagonista, te mato“.El caso es que a base de risas y buen humor comenzamos el retorno a pie al pueblo que nos vio crecer. En el camino le llamo a Jimena a fin de que prepare cena para cuatro. Le cuento lo del brasileño pelaire, su mujer y sus mulatitos. “+Y que preparo_!, me dice ella que me echa en cara no haber ido a hacer la compra del dia, por lo que tenemos la nevera vacía. Se me ocurre que si consigo de Ramon unos huevos y patatas, podemos hacer una gran tortilla, sacamos unas latas de calamares, guisamos un arroz con tomate y chorizo... Dada la contundencia con que me empleo y ante eclipse de ese gin tonic Bombay Azul que tanto nos gusta a los dos, ella me dice lánguidamente? “Bueno....“ Tras apalabrar la cena, Sonia sube a la habitación hotelera a arreglarse y se encuentra a dos de los chicos con fiebre. Baja de nuevo y nos dice que si no nos importa dejaremos la cena para otro día. Quedamos de acuerdo el fugado de una de las pinturas de El Greco y yo, y de esta manera salvo mis gin tonics nocturnos (vicioso que es uno), y mañana o pasado nos iremos de vinos Perico y yo.
MANUEL ESPAÑOL

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