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HORA BRUJA / EL HOMBRE MÁS FELIZ DEL MUNDO



No sé por qué, pero lo cierto es que hoy me he levantado con "Mademoiselle de París". No, que ella no estaba en mi cama, y no sé si para bien o para mal, que si me "mojo" me llueven las protestas, diga lo que diga. Lo que ocurre es que la canción interpretada por la Piaf, siempre me ha hecho soñar y en esta ocasión despertar con la sonrisa en la boca, con ganas de besar, bailar y ser besado. Ha sido un momento muy intenso. Y con aires de un optimismo subido, me he ido a la plaza del Pilar, de Zaragoza, a buscar mi camino por el Ebro. He saludado a la violinista Feli Putin (nada que ver con Vladimir), que en la calle Alfonso, allí estaba tocando con aires de ensimismamiento "A París", si bien le faltaba la voz de Yves Montand. Era igual, que el violín hablaba solo y sonaba a las mil maravillas. Pero el momento cúspide mañanero, mejor dicho del día que aún no se ha acabado, lo he alcanzado después en la Plaza del Pilar, frente a la entrada principal de la basílica. Si algo o alguien despierta mi casi máximo interés en la vida, es la sonrisa de unos niños. Allí estaban jugando risueños dos pequeñines de muy corta edad (niño y niña) del color del chocolate, soltando carcajadas continuas ante la atenta vigilancia de su madre, una mujer alta y muy guapa, que asomaba la más bella sonrisa y me lanzaba toda una mirada de complicidad feliz. Ella me ha comentado que sus hijos hacía tan sólo una semana que estaban en Zaragoza y que no conocían el idioma. Pero ellos se han acercado, me miran con sus ojos expresivamente bonitos y alegres, me cogen de las manos, las observan bien y se las ponen en la cara, como buscando una caricia que en su país africano nunca les ha faltado. Para ellos he sido uno de los primeros hombres blancos que han conocido. Y con su simpatía natural, el chico me dice: "hola, amigo", mientras que la niña me dice "guapo", y todo ello con la risa por delante. Según su madre son las únicas palabras que conocen en el idioma cervantino. Pero lo dicen con una mirada, con un poder de comunicación tan impresionante seductor, que debo contenerme para no dar rienda suelta a mis emociones. El caso es que los niños saben besar en el mejor idioma internacional, y en el cariño más sincero, y ni ellos ni yo lo evitamos. Tan feliz me siento en ese momento, que hasta la madre me da un par de besos. Con tal instante me voy a despedir, pero los chiquitines me agarran cada uno de una manga para que me quede con ellos, así hasta que su mamá les debe decir en su idioma que me dejen. ¡Qué familia!. Su recuerdo permanecerá mucho tiempo en mi interior. Y así me voy hacia el Ebro, sintiéndome el hombre más feliz del mundo y a la vez con cierto grado de emoción.

MANUEL ESPAÑOL

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